Soy “muy yo” en deportivas de colores y jeans rotos
El reflejo de lo que somos o quienes realmente somos o dejamos de ser.
Deportivas de colores, jeans anchos y rotos, camiseta y sudadera. Pelo sin peinar, ondulado por la humedad, escaso maquillaje (sólo el indispensable y hasta que el sol broncea mi piel). Quizás, un moño si hace viento o gorra si estoy cansada. Esta es la versión de mi… Más yo. Esa que abandono cuando estoy en la ciudad por la creencia arraigada sobre todo de mi madre de que “mi estilo no es elegante ni femenino”. Y es que aún recuerdo esa frase que me dijo cuando estaba en tercero de carrera y siempre iba en deportivas a clase: “vas a la universidad, ponte unos zapatos que además tu pie ya no tendrá ni forma”.
En aquellos tiempos yo era más yo que nunca: me pasaba el día en deportivas y gorra (las coleccionaba de hecho). Si no estaba en clase o estudiando, estaba dando clases de esquí o de fiesta con mis amigos de la Sierra. Por supuesto, siempre en deportivas que sólo dejaba en el guarda esquís para ponerme las botas de esquiar. Eso en invierno. En verano, no me bajaba de las chanclas o en sustitución, de los escarpines de neopreno del traje de submarinismo. Ahí el estilismo se reducía aún más a shorts rotos y camisetas de tirantes sobre un bikini. Por la tarde, una sudadera, que en los puertos, ese puerto al que hoy deseo volver a vivir, refresca. Qué me puede gustar la sensación de tras un día de calor, empiece a refrescar y yo necesite una sudadera… Pero con shorts y chanclas. Esa dicotomía me fascina y me hace tremendamente feliz. Abrigarme cuando hace calor, pero es que la humedad del mar me sienta tan bien.
Cada vez que vuelvo a este look, sobre todo al de verano y al mar, me siento más yo, más conectada, más feliz. Y es ahí a donde deseo volver y donde quiero estar al menos, la mayor parte de mi tiempo. El Mar… Me hace, me ayuda, me empuja a ser yo. No necesito máscaras, no me pide uniforme elegante para transmitir una imagen contrahecha de alguien que soy en realidad. Mi profesionalidad, mi genialidad, mi inteligencia y mi creatividad no va de estar más elegantemente vestida o como dice mi compi, “más señorona”. Me hago mayor, me echo años encima cuando me uniformo de ciudad. Pero ella, que ya no está, pensaba y tenía muy dentro de sí que había que emperifollarse para transmitir ¿qué?
Si de algo me he dado cuenta o mejor dicho, he reconectado con la idea y la sensación en este viaje a la playa y al calor es que ser yo y mostrarlo sin vergüenza (a mis propias lealtades) me hace estar mejor y ser más feliz. ¿Por qué lo ignoro? ¿Por lealtad? Ummmm… ¿a alguien que me hizo daño y además ya no está? Esto último no importa tanto como sobre todo tener claro que no es mi creencia, y las creencias que heredamos y no nos hacen felices, hay que trabajar para descartarlas.
Qué me gusta un jean roto, una blusa de lino ancha, unas pulseras y enseñar tobillo con deportivas de colores o mejor, chanclas… Ay cuando llega el momento de chanclas. Y si encima, al atardecer o al amanecer añado un pañuelo para sentirme arropada, mi satisfacción se multiplica por 1000.
Echo de menos, muchísimo, despertar en un puerto. Ese olor es único en el mundo y me fascina. Quizás huele a petróleo, pero mezclado con la sal y la humedad del mar. Es brutal… Y es mi mejor momento. Amanecer en un puerto en silencio, el mar en calma… Me conecta. Me enciende, pero con calma. Hacer deporte en ese estado, una ducha templada y desayunar viendo como empieza la actividad en el puerto es ese sueño que fue una realidad de adolescente y que estoy volviendo a diseñar para que se materialice en mi adultez y vejez. ¿Puede ser cierto eso de que cuando somos mayores queremos volver a ser los niños que dejamos atrás? Puede ser. Puede que sea porque cuando crecemos, apartamos nuestra esencia moldeados por los patrones de nuestros padres, los de la sociedad y por lo que debemos ser o se espera de nosotros. Y con la edad, al ver y sentir que nos queda menos, nos desprendemos de esas obligaciones o de lo que hacemos por los demás.
No lo sé. Será por todo esto y por mucho más. Sea como sea, yo soy mucho más yo, brillo más, voy más rápido y con más potencia y en consecuencia, soy más feliz, cuando soy yo misma. Y no va sólo del look que me pongo, sino que es la materialización de ser yo misma, de dejarme expresar, de no ir con lo que debería o ella espera… Y que por supuesto, no me importe nada lo que opinen y esperen los demás. Ahí, justo ahí, es cuando más yo soy. Y si soy más yo… todo funciona como un reloj perfectamente calibrado.
Los viajes al mar, a la playa, al calor y al sol tienen este efecto en mí. Lo malo o quizás no pero así era, hasta ahora, es que, a la vuelta, me dejaba embargar por lo que “debía ser” y me arrastraba por esa creencia que no es mía. ¿Quién dijo que en Madrid no puedo vestir con deportivas de colores, sudadera y aún así, ser igual de profesional y crack? En realidad, hace muchísimo que no me lo dice nadie más que mi voz interior. Pues para esa voz, ha llegado el momento de emprender un viaje sin regreso hacia donde ella quiera. Tengo planes, de los chulos, de los que me encantan y no tengo ninguna intención de dejarlos aparcados más tiempo. Es mi momento de vivir, al menos al 50% de mi tiempo (quien dice 50% dice 75%) en chanclas en la playa despertando mirando al mar. Y con sudadera que siempre refresca.



Maravillosa , como siempre María.
Me siento taaan identificada, amo el mar los jeans rotos y las gorras ( que también colecciono por si no lo sabías).
Gracias por compartir, porque me has trasladado por un momento a la FELICIDAD MÁXIMA.
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Siento este texto, palabra por palabra, como si lo hubiera escrito yo misma. Un brindis por los vaqueros rotos, las zapatillas, las gorras y las chanclas. Y sobre todo, por el mar que nos devuelve a nuestra autenticidad ❤️